EL CUERPO TIENE SUS RAZONES.

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En este momento, en el lugar preciso en que ud. se encuentra, hay una casa que lleva su nombre. Ud. Es su único propietario, pero hace mucho tiempo que ha perdido las llaves. Poreso permanece fuera y no conoce más que la fachada. No vive en ella. Esa casa, albergue de sus recuerdos más olvidados, más rechazados, es su cuerpo.
“Si las paredes oyesen…” En la casa que es su cuerpo, sí oyen. Las paredes que lo han oído todo y no olvidado nada son sus músculos. En el envaramiento, en las crispaciones, en la debilidad y en los dolores de los músculos de la espalda, del cuello, de las piernas, de los brazos, y también en los de la cara y en los del sexo, se revela toda su historia, desde el nacimiento hasta el día de hoy.
Sin siquiera darse cuenta, desde el primer mes de vida reaccionó a las presiones familiares, sociales, morales. “Ponte así, o asá. No toques eso. No te toques. Pórtate bien. ¡Pero, vamos, muévete! Date prisa. ¿A dónde vas tan de prisa…?” Confundido, se plegaba a todo como podía. Para conformarse, tuvo que deformarse. Su verdadero cuerpo, naturalmente armonioso, dinámico, alegre, se vio sustituido por un cuerpo extraño al que acepta mal, que en el fondo de sí rechaza.
“Es la vida –dice-. ¡Qué le vamos a hacer!”
Pues yo le digo que sí, que se puede hacer algo y que sólo ud. Puede hacerlo. Aún no es demasiado tarde para librarse de las programación del pasado, para hacerse cargo del propio cuerpo, para descubrir posibilidades todavía insospechadas.
Existir significa nacer continuamente. Pero, cuántos hay que se dejan morir un poco cada día, integrándose tan bien a las estructuras de la vida contemporánea que pierden su vida al perderse de vista a sí mismos?
Dejamos a los médicos, psiquiatras, a los arquitectos, a los políticos, patronos, esposos, amantes, a nuestros hijos el cuidado de nuestra salud, nuestro bienestar, nuestra seguridad, nuestros placeres. Confiamos la responsabilidad de nuestra vida, de nuestro cuerpo a los otros, a veces a personas que no reclaman esa responsabilidad, que les abruma, y con frecuencia a quienes forman parte de instituciones cuyo primer objetivo consiste en tranquilizarnos y, en consecuencia, reprimirnos. (Y cuántas personas de toda edad existen cuyo cuerpo pertenece todavía a sus padres? Hijos sumisos, esperan en vano a lo largo de su vida el permiso para vivirla. Menores psicológicamente, se prohíben incluso del espectáculo de la vida de los demás, lo que no les impide convertirse en sus censores más estrictos.)
Al renunciar a la autonomía, abdicamos de nuestra soberanía individual. Pertenecemos así a los poderes, a los seres que nos han recuperado. Reivindicamos tanto la libertad precisamente porque nos sentimos esclavos; y los más lúcidos nos reconocemos como esclavos-cómplices. ¿Y cómo podría ocurrir de otro modo puesto que ni siquiera somos dueños de nuestra primera casa, la casa de nuestro cuerpo?…

Fuente: El cuerpo tiene sus razones. Autocura y antigimnasia
Therese Bertherat – Carol Bernstein

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