LA INMORTALIDAD. Según Brian Weiss ~

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eternidad

Todos somos inmortales.
No me refiero simplemente a que, antes de morir, transmitimos nuestros genes, nuestras convicciones, nuestras peculiaridades y nuestras costumbres a nuestros hijos, y ellos, a su vez, a los suyos; aunque, desde luego, esto es así. Tampoco me refiero a que nuestros logros (la obra de arte, el invento para la confección de zapatos, la idea revolucionaria, la receta para hacer tarta de arándanos) nos sobreviven, aunque, desde luego, esto también es así. Lo que quiero decir es que la parte más importante del ser humano, el alma, vive eternamente.
Sigmund Freud afirmó que la mente funcionaba en distintos niveles. Entre ellos, está lo que él denominó el inconsciente, del que, como su propio nombre indica, no somos conscientes, y que almacena toda nuestra experiencia y nos empuja a actuar como actuamos, a pensar como pensamos, a responder como respondemos y a sentir como sentimos. Freud comprobó que sólo si accedemos al inconsciente podemos descubrir quiénes somos para, con ello, alcanzar la curación. Hay quien ha escrito que eso es precisamente el alma, el inconsciente de Freud. Y en mi trabajo de regresión, y últimamente de progresión, de pacientes a sus vidas pasadas y futuras para que puedan
curarse con más facilidad, esto es también lo que veo: el funcionamiento del alma inmortal.
Creo que todos poseemos un alma que existe después de la muerte del cuerpo físico y que regresa una y otra vez a otros cuerpos en un intento progresivo de alcanzar un plano superior.  Esto no puede demostrarse de forma empírica; el alma no tiene ADN o, al menos, no tiene un ADN físico. Sin embargo, los casos de los que se tiene conocimiento son abrumadores y, para mí, sin lugar a dudas, concluyentes. Lo he visto casi todos los días desde que Catherine me llevó con ella hasta momentos del pasado tan dispares como la Arabia del año 1863 antes de Cristo o la
España de 1756.
Cuando mis pacientes se veían en otras vidas, los traumas que les habían conducido hasta mí quedaban mitigados y, en algunos casos, llegaban a desaparecer. Ése es, pues, uno de los propósitos fundamentales del alma: progresar hacia la curación.
Si fuera yo el único que hubiera visto esos casos, el lector tendría razón al creer que sufro alucinaciones o que he perdido el juicio…
Cientos de terapeutas han grabado miles de sesiones sobre vidas pasadas, y muchas de las experiencias de sus pacientes se han comprobado.
Justo antes de morir, el alma, esa parte del ser que es consciente cuando abandona el cuerpo, se detiene durante un instante, flotando en el aire. En ese estado, puede diferenciar el color, escuchar voces, identificar objetos y repasar la vida que acaba de dejar atrás. Ese fenómeno se conoce como «experiencia extracorporal» y se ha documentado en miles de ocasiones; son especialmente conocidos los casos de Elizabeth Kubler-Ross y Raymond Moody. Todos lo experimentamos al morir, pero son pocos los que han regresado a la vida presente para contarlo.

¿Adónde se dirige el alma tras abandonar el cuerpo?

No estoy seguro; puede que no exista la palabra adecuada para designar ese lugar. Yo digo que es otra dimensión, un
estado de conciencia superior. Está claro que el alma existe fuera del cuerpo físico y que establece conexiones no sólo con las demás vidas de la persona que acaba de abandonar, sino con todas las demás almas. Morimos físicamente, pero esa parte de nuestro ser es indestructible e inmortal. El alma es eterna. Probablemente, en el fondo, exista sólo un alma, una energía. Mucha gente lo llama Dios; otros, amor. Pero tampoco es el nombre lo que importa.
Yo entiendo el alma como una entidad energética que se fusiona con la energía universal y que después vuelve a separarse, intacta, al regresar a una nueva vida. Antes de fundirse con el alma única, contempla desde lo alto el cuerpo que acaba de abandonar y hace lo que yo denomino una evaluación vital, un repaso de la vida que acaba de
abandonar. La evaluación se realiza con espíritu de bondad afectuosa y cariño. No se trata de castigar, sino de aprender.
El alma registra las experiencias. Siente el aprecio y la gratitud de todas aquellas personas a las que uno ha ayudado en la vida, y de todos aquellos seres a los que ha amado, con más intensidad ahora que ha abandonado el cuerpo. Del mismo modo, siente el dolor, la rabia y la desesperación de todos aquellos a los que ha hecho daño o traicionado, también de manera acentuada. Así, el alma aprende a ser compasiva.
Una vez terminada la evaluación, el alma parece alejarse más del cuerpo y a menudo encuentra la hermosa luz, aunque puede que no suceda de inmediato; pero no importa, la luz siempre está ahí. A veces hay otras almas (llamémoslas sabios, maestros o guías) que son muy experimentadas y que la ayudan en su viaje hasta el alma única. En un nivel determinado, se funde con la luz, pero sin perder la conciencia, para poder seguir aprendiendo al otro lado (al final del viaje inmortal, la fusión será completa), y ese proceso va acompañado de una indescriptible
sensación de felicidad.  Al final (el tiempo transcurrido varía), el alma decide regresar a otro cuerpo y, cuando se reencarna, pierde la sensación de estar fusionada. Hay quien cree que la separación de esa gloria, de esa dicha que surge de la fusión de luz y energía, produce un hondo pesar, y puede que así sea.
En la Tierra, en el presente, somos individuos, pero la individualización es una ilusión característica de este plano, de esta dimensión, de este planeta. Sí, estamos aquí, somos reales, tangibles, igual que el sillón en el que quizás esté sentado usted mientras lee, pero los científicos saben que un sillón lo componen sólo átomos, moléculas, energía: es un sillón y, al mismo tiempo, energía. Nosotros somos humanos, finitos y, al mismo tiempo, inmortales.

A mi entender, en el nivel superior todas las almas están interconectadas. Creemos que somos entidades individuales, separadas; pero eso es sólo una ilusión, una falsa ilusión que, aunque en la Tierra puede tener sentido, nos impide ver la realidad: estamos conectados con todas las demás almas y, en una esfera distinta, todos somos uno. En este mundo, nuestros cuerpos son densos y pesan según parámetros físicos; sufren dolencias y enfermedades. Pero estoy convencido de que, en reinos superiores, no existen los padecimientos físicos. En esferas aún superiores, no hay nada físico, sólo la conciencia pura. Y más allá (y más, y más allá), en niveles que no podemos llegar a concebir y donde todas las almas conforman una única, ni siquiera existe el tiempo. Esto quiere decir que las vidas pasadas, presentes y futuras podrían discurrir de forma simultánea.

Fuente: Muchos cuerpos, una misma alma. Brian Weiss ~

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