LA NAVIDAD. Marianne Williamson ~

No Comments 315 Views2


nacimiento-cristo-belen

«El símbolo de la Navidad es una estrella: una luz en la oscuridad.»

La Navidad es un símbolo de cambio. Significa el nacimiento de un ser nuevo, cuya madre es nuestra condición humana y cuyo padre es Dios. María simboliza lo femenino que todos llevamos dentro, impregnado por el espíritu. Su función es decir sí, quiero, recibo, no abortaré este proceso, acepto con humildad mi función sagrada. El niño nacido de esta concepción mística es el Cristo en todos nosotros.

Los ángeles despertaron a María en mitad de la noche y le dijeron que la esperaban en el terrado. «En mitad de la noche» simboliza nuestra oscuridad, nuestra confusión, nuestra desesperación. «Ven al terrado» quiere decir: apaga el televisor, deja de emborracharte, lee mejores libros, medita y reza. Los ángeles son los pensamientos de Dios. Sólo podemos oírlos en una atmósfera mental de pureza.

Muchos de nosotros ya hemos oído que los ángeles nos llaman al terrado. De otra manera, no leeríamos libros como éste. Lo que sucede en estos momentos es que se nos da la oportunidad, el reto, de aceptar el espíritu de Dios, de acoger Su simiente en nuestro cuerpo místico. Nosotros seremos Su seguridad y Su protección. Y si consentimos en ello, permitiremos que nuestro corazón sea la matriz para el Cristo niño, un puerto donde pueda crecer en plenitud y prepararse para su nacimiento en la tierra. Dios nos ha elegido para que Su hijo nazca por intermedio de cada uno de nosotros.

«No hay sitio», dijo el posadero a José. La «posada» es nuestro intelecto, donde hay poco o ningún lugar para las cosas del espíritu. Pero eso no importa, porque Dios no lo necesita. Lo único que precisa es un poco de espacio en el establo, un poco de buena disposición por nuestra parte para que Cristo nazca sobre la tierra. Ahí, «rodeado de animales», en unidad con nuestra natural condición humana, damos nacimiento al único que rige el universo.

Los pastores en el campo ven antes que nadie la «estrella de la Navidad». Son los que atienden los rebaños, los que cuidan, protegen y sanan a los hijos de la tierra. Es lógico que sean los primeros en ver el signo de la esperanza, porque son ellos quienes la ofrecen. Han convertido su vida en un terreno fértil para los milagros. Ven la estrella y la siguen. Y se encuentran con la escena de Jesús en los brazos del hombre.

Y los reyes del mundo acuden a rendirle homenaje. Eso se debe a que el poder del mundo no es nada ante «el poder de la inocencia. El león duerme junto al cordero»; nuestra fuerza está en armonía con nuestra inocencia. Nuestra dulzura y nuestro poder no están reñidos. «Largo tiempo languideció el mundo en el error y el pecado, hasta que Él llegó y el alma sintió su valor», dice una canción navideña inglesa. Con el nacimiento de Cristo, no una vez por año sino en todo momento, nos permitimos llevar el manto del divino Hijo, ser más de lo que éramos hasta ese momento. Expandimos nuestra conciencia de nosotros mismos y nuestra identidad. «El hijo del hombre reconoce quién es, y al reconocerlo se convierte en el Hijo de Dios.»

Y así el mundo queda redimido, recuperado, sanado e integrado. El sueño de la muerte ha terminado cuando recibimos la visión de la verdadera vida. Jesús en nuestro corazón no es más que la verdad grabada en él, «el alfa y el omega», el lugar donde empezamos y a donde regresaremos. Aunque tome otro nombre, aunque adquiera otro rostro, Él es en esencia la verdad de lo que somos. Nuestras vidas unidas forman el cuerpo místico de Cristo. Reclamar nuestro lugar en este cuerpo es regresar al hogar. Una vez más encontramos la relación apropiada con Dios, con el prójimo y con nosotros mismos.

Fuente: Volver al Amor. Marianne Williamson ~

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *