UN CLAVO EN LA PUERTA.

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Esta es la historia de un joven que tenía muy mal carácter. Su padre, que le amaba como todo padre, se sentía afligido al ver el carácter de su hijo. Un día, se le ocurrió una manera de hacerle ver lo negativo de su conducta. Su padre le dio una bolsa de clavos y le dijo que cada vez que perdiera la paciencia, cada vez que se enfadara con alguien, debería clavar un clavo detrás de la puerta.
El primer día, clavó 37! Al día siguiente, fueron 25. Al tercer día, un poco antes de soltar su mal carácter pudo frenarse y clavo 17. Pronto la puerta se iba llenando de clavos. Pero, a medida que aprendía a controlar su genio, clavaba cada vez menos. Descubrió que podía controlar su genio, pues el clavar le hacía pensar sobre su mala actitud.

Llegó el día en que pudo controlar su carácter y orgulloso fue a decirle a su padre que ese día no había clavado nada!

Este le sugirió que ahora retirara un clavo pro cada día que lograra controlarse. Los días pasaron y el joven pudo finalmente anunciar a su padre que no quedaban más clavos para retirar de la puerta.

Era ciertamente un gran logro! Su padre le tomó la mano, lo llevó hasta la puerta y le dijo:

-Has trabajado duro, hijo mío, pero mira todos esos hoyos en la puerta. Nunca más será la misma. Cada vez que tú pierdes la paciencia, dejas cicatrices exactamente como las que aquí ves. Tú puedes insultar a alguien y retirar lo dicho, pero la herida permanece y el mal se propaga. Una ofensa verbal es tan dañina como una ofensa física. Ahora hace falta trabajar mucho más para que la puerta quede como nueva. Hay que reparar cada agujero y muy difícilmente lograrás que quede como antes…

Si tuvieras que clavar esos clavos, ¿cómo estaría tu puerta? y aún quitando todos los clavos ¿cuáles fueron las heridas que dejaste atrás?…

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